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  • Celia Gallego

Sobre las mujeres pero sin las mujeres

De lo equivocado a un dogma de fe. Desde que el purplewashing se puso de moda, muchas instituciones culturales han querido subirse al carro en un ‘todo vale’. Pero desde luego que no todo vale. La falsa imagen del aliado feminista y del ‘yo soy un hombre feminista porque’ ha llegado hasta al Museo del Prado, el museo referencia de España que desde lejos huele a polvo y cerrado.

Invitadas no es más que eso, una idea equivocada dentro de un círculo cerrado. Una exposición sobre las mujeres, pero sin las mujeres. Un discurso cambiante según dé el viento. Definida como una exposición que ‘pretende ahondar en el papel de la mujer en el sistema artístico español del s. XIX y principios del s. XX.’ Tal y como recalca la revista Vogue en su artículo de la exposición.

Despotismo ilustrado ‘Todo para el pueblo, pero sin el pueblo’ Todo sobre las mujeres, pero sin ellas. Una exposición con 130 cuadros donde se muestra el costumbrismo del siglo XIX y XX, la femme fatale, pedofilia, abusos, mujeres sumisas, nada que no sepamos ya. El Prado cree que con esto nos está descubriendo la pólvora cuando es un discurso ya manido, cuando nos encontramos en la tercera ola del feminismo. ¿Qué pretenden con esta exposición?

Desde luego no es una exposición feminista, pero sí hablan de la denuncia de la misoginia de estos siglos. Mostrar la misoginia del siglo diecinueve no es denunciar. Mostrar cuadros de hombres donde mostraban mujeres desde cualquiera de sus perspectivas machistas no es denunciar. Nadie nos pregunta cómo queremos que nos miren, nadie se pregunta si va a valer de algo hablar de cómo los hombres nos miraban hace dos siglos. En plena lucha de ser sujetos y no objetos llega el Prado a recordarnos que, efectivamente, mira qué mal estábamos las mujeres hace doscientos años.

‘Una exposición donde se muestran las pocas artistas que existían durante el siglo XIX y XX’. María Dolores Velasco Saavedra, Emilia Carmena Monaldi, Adela Ginés, Teresa Nicolau Parody, María Micaela Nesbitt, Luisa Rodríguez de Toro y Pérez de Estela, Lluisa Vidal, Benita Benito y Sáenz de Tejada, Agustina Atienza de los Cobos, Clementina López y Ortiz, Matilde Lorenzo y González, Leocadia Vázquez Figueroa y Canales, María Blond y Palos, Pilar Martínez y Alonso, Carmen Díaz y Argüelles, Carmen Strauch y Olea, Josefina Corchón y Diaque, Luisa Gómez y Criado, Dolores y Vicenta Rodeiro y Boado, Antonia de Bañuelos, Fernanda Francés, Emília Coranty, Clara Lengo y muchas más que se pueden consultar fácilmente en libros e investigaciones en internet. Mujeres que ganaron premios, que rompieron las reglas, que fueron una profesión que no les estaba permitido ser.

Ni poner en valor la obra de artistas mujeres, ni la intención de se recupere su legado. Si costó al museo sacar del almacén a El Cid, de Rosa Bonheur, una de las artistas pionera en pintar del natural la representación animal y primera mujer artista en ser condecorada con la Legión de Honor, en 1865 y ahora tratan el cuadro como si fuera la joya de la corona del Prado.

Una idea concebida desde la mirada masculina, desde el punto de vista heteropatriarcal, lavarse las manos y regocijarse en su ‘buen hacer’ cuando desde los cimientos es un mal planteamiento y la idea de renovarse poniéndose el pin del aliado feminista. De 130 obras expuestas nos encontramos con 36 de pintoras, 1 escultora y 1 fotógrafa. Las últimas siete secciones de diecisiete que consta Invitadas.

Su comisario (por supuesto, comisario) habla del continuo revisionismo del museo, de ir actualizando su punto de vista y centrándose en el momento en el que estamos. Museos de todo el mundo ya han realizado exposiciones de este calibre mucho antes, realizando grandes investigaciones y preocupándose realmente por lo que supone una exposición así. Restaurar los cuadros del almacén no es realizar una labor de revisionismo y no por esto devalúo la importancia de la restauración.

Una exposición que aspiraba a ser un gran acontecimiento para El Prado y que se ha quedado en un intento desastroso de quererse subir a un carro al que, por supuesto, no están preparados. Una exposición desproporcionada y que ha hecho retroceder al museo, efectivamente, al siglo XIX.

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