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  • Celia Gallego

El refugio

Huele a madera y el suelo suena a cada paso indeciso. Mesas y estanterías están llenas de almas, unas sentadas encima de otras, tumbadas, de pie, abiertas y cerradas de piernas pero todas te dicen lo mismo: cógeme.


Camino mirando a los ojos a cada una de ellas, en silencio. Fuera llueve y el tintineo de las gotas en la ventana se entremezcla con los susurros. A mí, no, a mí. ¡A mí! A él no, pero a mí sí. Es como si fuera real, miradas de súplica, ojos trasparentes como el agua cristalina donde puedes ver corretear a los peces a la orilla. Otros ojos opacos, como el cristal trasero de uno de esos coches de alquiler que recorren Madrid de una punta a otra, misterioso. Nunca me gustaron los ojos oscuros, son capaces de mentir sin que tengas la mínima sospecha, hasta que me enamoré de los ojos más oscuros que pude conocer, pero esa es otra historia.

Me río, llevo minutos sumergida en mis pensamientos, camino ligera entre las mesas en silencio. Qué bien huele. Quizá haya personas que acudan a este refugio en busca de este olor, incita a la seguridad, al otoño y la lluvia. Si cierras los ojos puedes trasladarte hasta una cabaña en mitad del bosque, fuera hace frío y tú tienes entre tus manos un café caliente, suena música de un viejo tocadiscos, una canción tras otra y vuelta a comenzar. Es como poner rostro a la paz mental.


Me cruzo con personas a lo largo de mi estancia aquí, no hablamos pero sí entrelazamos miradas, a veces sonrisas. Les oigo susurrar a las almas más habladoras. Charlan sobre su historia, están deseando que alguien conozca lo que tienen que decir. Esperan a que una persona se enamore de sus palabras, que sea su alma de cabecera, que viajen juntos. Les observo inconscientemente durante dos o tres minutos, no dejan de mirarse a los ojos, él sonríe. Creo que se ha enamorado.


Continúo caminando despacio, subo unas escaleras de madera, siento que soy la única persona en este lugar. Lo siento pequeño y enorme a la vez, lo siento mío y de todos. Pero no todos sabrían cómo caminar despacio. Llego a una nueva estancia, hace un poco más de frío pero sigo sintiendo mi hogar cada centímetro de pared. Más almas, siempre llega alguna nueva, a veces duran más, otras menos, otras casi nada y en ocasiones años.


¿Qué es lo que lleva a una persona a enamorarse de un alma que acaba de conocer? Su luz, su breve historia, sus ojos, su susurro: léeme a mí. Siempre que llego aquí me hago las mismas preguntas, observo personas pasar, paso minutos mirando e imaginándome sus conversaciones o me limito a recorrer pasillos en busca de algo en concreto.

Hoy es uno de esos días que me dejo perder entre las miles de estanterías, donde me paro a hablar con todas y cada una de las almas que se pasean, me miran o me rozan. Les pregunto, me interesan sus historias. Quiero conocerlas a todas pero no puedo: hoy una o dos, lo siento.


Finalmente camino feliz de la mano de un alma diminuta que quería contarme cómo tras años de idas y venidas al psicólogo decidió escribir un diario donde relatar su vida. Y así poco a poco, me contó sus entresijos, cafés, amores, cervezas y una vida llena de historias que contar.

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