Buscar
  • Celia Gallego

A Pablo ni tocarlo

El artista y su obra, la genialidad. El arte está en una esfera superior a lo mundano, no somos dignos de entrar en esa burbuja que lleva vagando libremente a lo largo de la historia y que todavía sigue ahí arriba, en el cielo, donde no podemos tocarlo.


Han estado protegidos durante siglos, bendecidos con la gracia de Reyes, gobernadores, mecenas poderosos y gobiernos. Sin cuestiones acerca de su vida personal, de sus creencias o forma de amar, son genios, están por encima de todo ello. ¿Y quién les ha puesto allí, en la cúspide de la esfera? ¿Quién ha decidido a lo largo de la historia del arte qué cuadro es bueno y malo?


Un genio es intocable, incuestionable, inviolable. Hasta hace poco, nadie se preguntaba acerca de la vida de Pablo Picasso. Pero es que fue y es el creador de la gran obra de la historia del arte: Guernica, un republicano que se encontraba exiliado en Francia y que pintó semejante inmenso cuadro para el gobierno Republicano. Actualmente esa obra se ha desligado del creador, tiene vida y pensamiento propio. Guernica es un símbolo, es una institución, es una marca de agua de España. El monstruo de Frankenstein ha superado a su amo, incluso a su escritora Mary Shelley. Y cuidado quién lo cuestione.


Pero ¿una obra de arte vale por sí sola? Si no se hubiera creado toda una red de marketing perfecto acerca de la obra, ¿Guernica seguiría siendo una obra cumbre en la historia del arte? Una obra de arte no vale por sí sola, no vale sin su creador, es un elemento dependiente eternamente de quién lo ha pintado. Sin artista no existe obra. Si Velázquez no hubiera aceptado el encargo de las Meninas, ahora mismo el Prado no sería tan visitado. No queremos ver cuadros de princesas de la realeza española, queremos un Velázquez.


Y aquí es cuando se acerca la pregunta del millón, la pregunta que ha comenzado a martirizar a expertos octogenarios de la obra de artistas como nuestro querido Pablo ¿Se puede separar al artista de su obra? Se pondrán nerviosos, les temblará el pulso y dirán que no es que se pueda, es que se debe. Y aquí viene otra gran clave, los mismos expertos que llevan siglos “analizando” la obra de Picasso, alabando su persona y su obra, hablando maravillas del genio que cambió la historia del arte, son las mismas personas que te hablan de un sinfín de cotilleos acerca de la vida de Artemisia Gentileschi ‘¿Sabías que su profesor la violó y por eso pintó la decapitación de Holórfenes?’ Son los mismos que te hablan sobre que Rosa Bonheur era lesbiana y fea. Los mismos que te cuentan chascarrillos de piezas realizadas por mujeres, porque debemos contextualizar la obra de estas señoritas rebeldes y que no aceptaron el canon impuesto para ellas.


El saber no ocupa lugar y para comprender muy bien la historia del arte debemos conocer la mente del creador, qué pensaba, qué creía, qué quería para así poder contextualizar bien una pieza. No podemos obviar que nuestro querido Pablo llevó al suicidio a una de sus múltiples amantes, que dejó embarazada a una menor mientras estaba casado con Olga, a la que públicamente llamaba ‘mujer castradora’ y a quien acabó metiendo en un psiquiátrico porque él decía que estaba loca. Como tampoco podemos obviar que el poema más famoso de Neruda Me gusta cuando callas porque estás como ausente habla, y reconocido por él en sus memorias, de una violación.


Picasso pintó a Olga, la pintó un sinfín de veces y cada pieza que pasaba su rostro comenzaba a verse más gris, apagado, incluso deformado. Acabó pintándola gritando, estrujada y haciendo un bufón de su persona. Humillándola en público, frente a millones de personas que hoy siguen viendo su obra, obra que alguien en su día puso en un museo y calificó como buena. Deberíamos plantearnos quiénes han sido durante años las altas esferas del arte, sabemos todas la respuesta. Un sistema patriarcal que ha llevado a los mismos cuatro de siempre a lo más alto del cielo.


¿Qué pasaría si borramos la firma de Pablo de todas sus piezas, cuánto costarían en una subasta de Sotheby’s? No queremos cubismo, queremos su firma. Su firma en un borratajo, en un cuadro horroroso, en una pared, en una servilleta, queremos su firma. La firma del millón de euros.


Y es aquí cuando viene la parte complicada, el argumento de los de siempre para echarnos atrás nuestra historia. ‘No podemos juzgar con los mismos ojos la historia de hace siglos’ la historia es una ciencia viva, una ciencia que cada día cambia su eje hacia un lado y hacia otro gracias a los descubrimientos de miles de personas que investigan sin cesar. No podemos mirar con los ojos del presente los actos de la Edad Media, no podemos hablar de la trata de esclavos con los ojos del siglo XXI, pero debemos ser francos y justos con la historia.


En 1791 Olympe de Gouges, dramaturga y activista política francesa publicó la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadanía, denunciando la clara discriminación hacia la mujer en la época. Un año después Mary Wollstonecraft publicó la Vindicación de los derechos de la mujer. En el siglo XIX llegaba la primera ola del feminismo. En 1893 nueva Zelanda se convertía en el primer país en conceder el sufragio femenino.


Seamos justos con la historia, seamos justos con las miles de mujeres que lucharon y fueron asesinadas por conseguir lo que hoy nosotras tenemos gracias a ellas. No estamos hablando de la Edad Media, estamos hablando del siglo XX. Tampoco hablamos de la cultura de la cancelación ¿Deberíamos quitar el Guernica del Museo Reina Sofía? Hace tiempo dejamos atrás la censura, no debemos quitar de los museos las obras que, queramos o no, forman parte importante de la historia del arte. Hablamos de justicia, de dejar el marketing abusivo de obras de maltratadores, de dejar de idolatrar y santificar personas que, lo mires por donde lo mires, fueron monstruos.


Hablamos de cambiar el sistema patriarcal de la historia del arte, si bien es cierto que la historia la cuentan los vencedores, ya estamos en un punto en el que debemos saber que la historia debe ser escrita por ambos lados. Por nuestro lado. Dejemos de idolatrar, de llamar genios a aquellos que mataron, violaron, y torturaron a las mujeres. No bajemos de la pared al Guernica, pero eduquemos, contextualicemos y que las personas puedan decidir por sí mismas.

470 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

El refugio

CONTACTo